Por: Sandra I. Rodríguez Morón
Empieza el segundo trimestre, y tras el resultado de la evaluación de los primeros tres meses del ciclo escolar, muchas cuestiones se ponen de manifiesto para reflexionar.
¿Cuáles han sido los aciertos en la rehabilitación de los aprendizajes académicos tras el año en el que la escuela se detuvo para ser impartida en casa? ¿Cómo vamos como comunidad escolar rescatando la identidad colectiva en este año tras la interrupción ocurrida por la cuarentena y su impacto en la convivencia, la formación social en el aula, así como la integración socioemocional entre alumnos y docentes?
¿Logramos realmente hacer un diagnóstico inicial y estamos trabajando en las estrategias puntuales para nuestro grupo?
Cada alumno inscrito en la matricula escolar hoy cuenta con su calificación del primer trimestre, de cierta forma los alumnos conocen cuáles son sus áreas de oportunidad y cómo proponer pautas de seguimiento para mejorar en este segundo trimestre. Sin embargo, no se escucha cuál es la calificación obtenida por la escuela. Realmente el entorno escolar al que asisten tus hijos, ¿ha cumplido su función de recuperar aprendizajes, trabajar en la atención socioemocional de alumnos y docentes, seguir protocolos de bioseguridad que generen confianza y tranquilidad en la comunidad escolar? ¿Se ha generado un sentido de comunidad democrática que permita la escucha activa y la participación de cada integrante del entorno escolar para garantizar el sentido de pertenencia y procuración del bienestar físico y emocional?
Padres de familia y escuelas han perdido la oportunidad de trabajar colaborativamente tras la enseñanza de la escuela en pandemia. Lo que el ciclo escolar anterior había abierto como oportunidad, hoy nuevamente hizo dos frentes en la formación de los alumnos: los que trabajan día a día en las aulas intentando ofrecer una educación equitativa en un modelo híbrido que cada día se torna más complicado para satisfacer la educación integral y personalizada que se persigue, y por otro lado, los padres de familia que escuchan en casa las deficiencias de las clases híbridas que cada día lo sienten como una llamada a la fuerza de presentarse en las aulas en caso de merecer una mejor impartición de clase.
Por tanto, es urgente regresar la mirada a que la educación integral es responsabilidad compartida entre los padres, docentes y autoridades escolares, evitando antagonismos o discrepancias entre ellos. Solo ante la verdadera cooperación de los padres en la educación se logrará el sentido de comunidad, trabajando por un bien común y conjuntando esfuerzos conscientes para el bienestar colectivo.
Y tú, ¿cuánto le pondrías a la escuela de tus hijos en este primer trimestre?