Por: Sandra I. Rodríguez Morón
Hemos escuchado mucho sobre la resiliencia, esa capacidad para salir adelante de las adversidades más fortalecido, con un nuevo aprendizaje tras la experiencia de adaptación a la vida. Para Boris Cyrulnik la resiliencia es “Iniciar un nuevo desarrollo después de una crisis o trauma”.
En medio de esta contingencia, podemos encontrar que después de casi 300 días de confinamiento, del silencio del exterior y de la energía concentrada dentro de las paredes de la misma casa, se han trabajado (sin darnos cuenta) algunos de los elementos fundamentales que conducen a la resiliencia: seguridad, vinculo y relaciones en confianza.
Estar confinados nos ha llevado a reconocer en el día a día las reacciones de cada una de las personas con las que he compartido esta cuarentena. Lo cuál, tras varios meses nos ha permitido tener un enfoque predecible de que el mundo cambiante sólo sucede en lo externo, pero lo interno permanece y se va haciendo cada vez más conocido. Esto genera autoconfianza, uno de los ingredientes más importantes para sobrellevar la vulnerabilidad.
El reconocer la energía emocional en las buenas y en las malas de las personas cercanas, permite reforzar el vínculo familiar. Así, las experiencias diarias que se editan día a día en las familias permiten crear ese vínculo que da seguridad a los niños y niñas, mismo que genera la confianza de que, los pequeños cambios no afectan la totalidad de lo importante. Es decir, un simple enfado o conflicto no amenazará con la vida familiar.
El hecho de estar pasando tantos momentos juntos en familia en medio de una contingencia que nos lleva a permanecer más tiempo en casa, ha ido favoreciendo, en la mayoría de los casos, esa cotidianeidad; en medio de cada desayuno tras desayuno, comida tras comida, sobremesa tras sobremesa se han ido construyendo relaciones de mayor re-conocimiento de lo que se daba antes, cuando todos corríamos tras el reloj y sólo compartíamos un techo a la hora de dormir.
La resiliencia se activa y se fomenta mejor cuando las experiencias difíciles se comparten y se viven con otras personas. Es así como, al sentarnos en familia para hablar de lo que ha ocurrido en estos meses, generar espacios de convivencia, de poner en palabras nuestras experiencias, hace per se un espacio perfecto para aprovechar la situación y reforzar la resiliencia familiar, porque no todo lo que ha traído esta pandemia es negativo. Rescatemos la experiencia positiva en familia para resurgir más fortalecidos de cómo empezamos este confinamiento.