Por: Adriana Pacreu Graniewicz
Es una realidad en nuestros días la creciente necesidad de abordar el tema de educación como un medio para formar alumnos felices y exitosos. Podría pensarse que éste ha sido siempre el objetivo, sin embargo, esto ha traído como consecuencia el que la escuela como institución aparezca como única responsable de ello, lo cual está muy alejado de la realidad. Para ello es necesario hacer un equipo en donde todos los que rodean al niño o adolescente cumplan con el rol que les corresponde.
Por su parte, el colegio, además de dar una educación de calidad en cuanto al aprendizaje, tiene el cometido de enfocarse también en la cuestión de formación socioemocional. Debe existir un ambiente escolar sano, seguro y protector, en donde los profesores estén cercanos a sus alumnos para escuchar y dar una sana retroalimentación a sus necesidades. Si hay una alta expectativa del maestro hacia el alumno, el resultado será positivo, ya que éste se sabrá querido y atendido, lo que dará como consecuencia emociones agradables y relaciones positivas en todo el entorno.
Es claro que, si un maestro está motivado y su enseñanza es innovadora, tendrá la atención de sus alumnos, sin embargo, para que esto ocurra, ambas partes deben estar en sintonía. Por ende, también se requiere del apoyo y la confianza de los padres para que esto sea una realidad y no una mera ilusión.
El rol tanto del papá como de la mamá en la formación de sus hijos es el principal pilar, ya que, no sólo son los encargados de satisfacer sus necesidades, sino de transmitir las normas y los valores con los cuales quieren que su hijo/hija crezca para convertirse en un adulto pleno, feliz y seguro de sí mismo.
Hoy en día existe una fuerte disparidad entre lo que los padres quieren y los docentes buscan para los alumnos. En realidad, debería cohabitar un mismo lenguaje, sin embargo, con el paso de los años, por miedo a repetir algunos patrones que no nos agradaron de nuestro pasado, el niño ha pasado a ser el que toma las decisiones y da las instrucciones, dejando al adulto de lado, quien en realidad es la principal figura de autoridad y respeto en quien el menor debería reflejarse.