Por: Sandra I. Rodríguez Morón
Desde marzo pasado, nos tocó conocer una nueva manera de ser y de estar en la escuela. Desde entonces, las escuelas han ido en un proceso de adaptación y acomodación al cambio: hemos conseguido hacer lo que podemos con lo poco o mucho que tenemos.
Además de adecuar la escuela, en todo el mundo estamos ocupados en cuidar y preservar la salud. Sin embargo, esto no se trata de sólo fijar la atención en evitar el contagio por covid-19. Hablar de cuidar la salud supone perseguir un bienestar integral. La OMS define a la salud como “el bienestar completo a nivel físico, mental y social”. ¿Qué acciones estamos llevando como escuela para cuidar la salud de nuestros alumnos?
En el marco de la contingencia, la salud mental y emocional debe de ser el foco de programas y políticas de cuidado dentro de las comunidades educativas. La única manera de salir fortalecidos de la contingencia, en miras de construir una pedagogía del retorno es reconstruyendo el tejido de la comunidad escolar, llevando a cada actor a confiar y re-institucionalizar a la escuela.
El lugar que ocupa la escuela en la vida familiar es un lugar trascendente. En la escuela se socializa, se reafirma la identidad personal, se crean los lenguajes del autoconcepto. La escuela es el lugar donde sucede la interacción y el sentido humano intrínseco en la diada alumno-profesor y en el proceso enseñanza-aprendizaje.
Hablar de regresar a la escuela no puede ir acompañado del miedo. Cuando sentimos miedo, preocupación o ansiedad, se pone en riesgo el mantener nuestro bienestar. La reacción ante el miedo nos lleva a perder el enfoque y tener una visión confusa de la realidad y, por tanto, despertamos una sensación de vulnerabilidad y desconfiamos en nuestro futuro.
La buena noticia es que el bienestar se puede construir, se puede labrar y cuando se hace de manera conjunta la resiliencia se activa per se. Hablar de resiliencia en las escuelas implica deconstruir entre todos el lugar que ocupa nuestra escuela en nuestras vidas. Rescatar lo más valioso de la interacción que se da cuando estamos todos juntos en un mismo espacio.
Los entornos escolares resilientes son aquellos en donde se fomenta el diálogo grupal, donde lo académico ocupa un lugar no menos importante que lo emocional. Donde se enseña a compartir la experiencia y a validar las emociones de alumnos, docentes y padres de familia.
Una escuela resiliente es una escuela que está generando bitácoras de actividades a distancia, que fomenta comunicación estrecha y colaborativa con padres de familia. Que piensa en el retorno como un escenario diferente a lo que era antes, proponiendo nuevas acciones acordes a las necesidades de los alumnos del siglo XXI. Una escuela resiliente tendrá en su agenda del día a día un espacio para aprender y practicar el manejo emocional, actividades de relajación y manejo de estrés, además de acciones en comunidad para aprender a ser, aprender a estar y aprender a convivir.
Una escuela resiliente conoce y se está preparando para una transformación pedagógica, con innovación educativa, con escenarios para la educación emocional, con ejercicios democráticos de participación y escucha colectiva.
Una escuela resiliente no tiene miedo, sabe y está convencida que el futuro de la revolución educativa ya está aquí. Está ocupada en procurar convertirse en un espacio de prevención de conductas de riesgo emocional para los docentes o alumnos.
Empecemos a construir juntos… El bienestar está en nuestras manos, generemos más espacios de intercambio y de acompañamiento emocional. Construyamos escuelas emocionalmente responsables, sólo así podremos hablar de resiliencia escolar.