LO QUE EL COVID-19 NOS DEJÓ: REFLEXIONES DESDE LA PSICOLOGÍA PARA LA VIDA POSPANDEMIA

Por: Sandra I. Rodríguez Morón

¿Cuándo regresaremos a la vida normal?, ¿Cómo será la vida una vez que se pase la fase crítica de la pandemia? Estas son preguntas que rondan nuestra mente en este momento en que las vacunas empiezan a ser administradas y que una luz se empieza a vislumbrar como señal de que, en algún momento, podremos retomar el ritmo de nuestra vida.

Sin embargo, una nueva incertidumbre nos asecha… ¿qué formato tendrá esa vida pospandemia?…

¿Cuáles serán las secuelas de este aislamiento que, en muchos países se ha extendido durante meses?, ¿Qué efectos tendrá en nuestra configuración biosocial este proceso de disgregación que estamos viviendo? Nuestros cerebros están programados para el contacto, para reaccionar a la sonrisa, a la mirada constante de los otros, al abrazo, a las muestras de afecto desde caricias, besos y estimulación sensorial a través de nuestro órgano exteroceptor más grande: la piel.

Nuestra parte racional entiende el confinamiento y el cuidado a seguir, pero ante la señal de que el contacto es un peligro se crea una reacción antinatural: separarnos, mantenernos aislados, disminuir contacto… Esto nos lleva a configurar un cambio en nuestra naturaleza, estamos viviendo en un modo antinatura, y por lo tanto emerge un desorden. Es por ello que hoy conocemos los índices que se dispararon en la prevalencia de afecciones mentales tales como: la ansiedad, el estrés, la depresión, la ansiedad social, los desórdenes alimenticios, la autoagresión, la soledad, señales como aumento de peso, insomnio, irritabilidad, violencia. No estábamos programados para vivir en soledad, no sabemos ser o estar en aislamiento. Hay una sensación de sentir extraña o ajena esta forma de vida.

A pesar de que nuestro bienestar está inseparablemente vinculado a la convivencia con los demás, ¿qué hacer cuando llevamos un año evitando esta convivencia? La comunicación digital no suple las relaciones personales. Las redes sociales aproximan a las personas, al tiempo que ponen distancia entre ellas al permitirles cuantificar con exactitud su posición social y comprobar que las otras personas tienen “más amigos o seguidores”, “una mejor vida”, “más felicidad”. Son un detonante de problemas de baja autoestima, depresión, esas vidas “curadas” que seguimos en redes sociales son un anhelo de lo que no somos o no tenemos, y nos lastiman en vez de nutrirnos emocionalmente. Activan una guerra contra nosotros mismos.

Estas reflexiones me llevan a aumentar el compromiso IMPERANTE de atender no sólo una vacuna de biológicos contra el covid-19, sino proteger y garantizar que nuestros niños y adolescentes empiecen a generar los factores de protección para prevenir los efectos del desorden social que quedará como consecuencia de tantos meses de aislamiento y las formas de comunicación que se tergiversaron durante este tiempo.

En México ha sido un año en modo artificial de vida, que nos ha enseñado a estar solos, conectados con un dispositivo como una ventana al mundo, ventana que no me permite ser validado como personal real, emocionalmente necesitada, estresada y extrañada de la vida artificial que nos ha tocado vivir estos últimos 12 meses.

Tenemos mucho por hacer, ¡empecemos hoy!