LO QUE LA CUARENTENA SE LLEVÓ

Por: Sandra I. Rodríguez Morón 

Todos hemos ido encontrando diferentes motivos para darnos cuenta lo bendecidos que somos de estar en medio de la cuarentena en compañía de nuestra familia, bajo un techo seguro, con alimento suficiente y con acceso a internet que nos permite salir de nuestras fronteras físicas y tener muchos recursos de esparcimiento. Es fácil reconocerlo positivo que ha sostenido en calma esta experiencia. Pero, al mismo tiempo que podemos reconocer todo esto, seamos sensibles para darle lugar a todo lo que también está, pero no lo hemos nombrado.

Debajo de toda esta cuarentena voluntariamente obligada: detrás de cada clase que fue tomada en línea y no en el salón, detrás de cada ida al súper sorteando la mirada de desconfianza del otro por mantener o no la sana distancia. Detrás de todos estos meses en cuarentena, seamos francos: lo que queda es un montón de pérdidas.

Todos, T-O-D-O-S hemos perdido algo en esta pandemia. Al menos, hemos perdido la libertad de vivir la vida como la conocíamos. No importa la edad que tengamos. Los más pequeños tuvieron sus clases, pero perdieron a sus amigos en el recreo. Los adolescentes mantienen comunicación con sus amigos en redes sociales, pero perdieron las reuniones, esa suma de energía que se da cuando todos estamos celebrando. Algunos de los alumnos en etapas de culminación, perdieron su graduación. Algunos adultos mantuvieron el home office pero perdieron la ida a la oficina, salir de casa, convivir con los compañeros de trabajo. Se sostuvieron millones de videoconferencias, pero se perdió el contacto humano en el saludo apapachador tan nuestro.

Si hemos perdido muchas cosas.Quizá no hemos sido conscientes del costo emocional de ello, porque el duelo es un proceso adaptativo, por ello todos nos hemos adaptado a estos cambios tan abruptos e inesperados. Pero no por acostumbrarnos, quiere decir que no está pasando.

Hemos estado al pendiente de atender nuestras necesidades de salud y de sustento. Pero, ¿hemos estado presentes en nuestras necesidades emocionales y las de nuestra familia? Y,¿cómo nos hemos sentido cada uno de nosotros en esta experiencia llena de perdidas?

Es importante validar la experiencia. Reconocer la inversión emocional que hemos hecho para poder “estar bien”. Darle nombre a las emociones que están debajo de esta experiencia.

Hay algo que no ha cambiado. Lo único que tenemos estable somos “nosotros mismos”, y es de ahí de donde nos podemos sostener. Hagamos un alto, tomemos un momento para hablar con nosotros mismos, escucharnos, darle salida a nuestros pensamientos, nuestras preocupaciones y nuestras emociones.

En el fondo, nos sentimos agradecidos, pero también nos sentimos tristes por todo lo que hemos perdido. Y se vale, y está bien.